jueves, 4 de mayo de 2017

Reto Abril


5 - Usa la frase: "En el Oeste se encontraban las ciudades de los muertos" para hacer una composición creativa.



En el Oeste se encontraban las ciudades de los muertos. Esa era una frase que había escuchado miles de veces en mi corta vida. Todo estaba relacionado con aquellas ciudades. El paraíso, el infierno... Son vistas muy distintas de las ciudades de los muertos.

Algunos locos predican que aquellas ciudades son la salvación de lo que queda de humanidad y se embarcan en un viaje sin billete de vuelta.  Otros locos afirman que son el mismísimo infierno, un lugar donde las almas condenadas vagan en un limbo sin tiempo, perdidos de la mano de Dios. Lo único que han dejado claro es que quien intenta llegar a aquel lugar tan profetizado nunca vuelve y los que no se atreven a aventurarse fuera de las murallas viven en la miseria absoluta.

Mi padre era del primer grupo, de los que aseguraba que allí se podía encontrar una vida mejor. Quizás llegó y tenía razón, y era un sitio tan bueno que ni si quiera se había planteado regresar a por su familia. Tal vez descubrió que no era lo que imaginaba y era el infierno que tantas personas decían, no podía volver con aquella desesperanzadora noticia y se suicidó. O murió por el camino, que es lo más probable y el fatal destino de todos los aventurados. Pero de eso hace ya mucho tiempo, el dolor de crecer sin padre solo era otro peso en mi espalda.

Mi madre murió junto a otras cientos de personas en la fatídica plaga. Hace justo un año, vi como su vida acababa de consumirse de una manera injusta y lenta. Y en el aniversario de su muerte decidí salir a buscar las ciudades de los muertos. Mi mentor, que se encargó de criarme y entrenarme durante ese año, me ayudó a soportar todos los problemas y me enseñó cómo afrontar la vida.

Fue un año duro, realizando entrenamientos diarios de "El camino de Kyrúk" y combatiendo. La idea de mi mentor, en el arte del Kyrúk el mentor es llamado Kazake, era la de entrenarme el máximo tiempo posible, hasta que entrara al ejército de la ciudad. La ley vigente obliga a cualquier huérfano a alistarse en el ejército si quiere ser mantenido y tener una posición social, aunque estás obligado a entrenar hasta llegar a los dieciséis años, que es la edad mínima.

No podía permitirme entrar en el ejército, pues no tendría la libertad para ir más allá de los límites del reino. Y estaba decidido a salir en busca de respuestas. Así que ese mismo día por la noche preparé una mochila con provisiones, la espada que me había otorgado mi Kazake llamada "Noche sin luna". Eso es algo que me sorprendió de "El camino de Kyrúk", todas las armas tienen su nombre propio en relación con ella misma y todas tienen una historia. "Noche sin luna" es llamada así porque está forjada en acero negro absorbente.

 Una vez terminados los preparativos dejé una nota en casa de mi Kazake que citaba:

"En el Oeste se encontraban las ciudades de los muertos..."

Cualquiera que lo encontrara pensaría que era una nota sin más, pero mi mentor lo entendería. Él conocía mi obsesión por encontrar respuestas y mi necesidad por rellenar el vacío que la muerte de mi madre y la marcha de mi padre habían creado en mí, además lo asociaría a mi repentina desaparición.

Horas más tarde había escalado la muralla, burlando la seguridad, y me encontraba en un camino sin fin. No sabía si moriría ni que peligros encontraría, pero puse rumbo hacia el Oeste con intención de seguir en la dirección correcta. Me guiaría por las señales de las que hablan los viejos viajeros en las tabernas y realizaría mis entrenamientos diarios. 

Sentía que estaba preparado. 

Sigue hacia el Oeste hasta encontrar tu destino o hasta que tu destino te encuentre a ti...



Pero jamás me imaginé lo que mi destino me deparaba.


miércoles, 5 de abril de 2017

Reto Marzo


45 - Crea un relato que contenga una escena en la ducha.


El trabajo estaba acabado. Por desgracia no había sido un trabajo limpio. Era lo que más odiaba de esta profesión, cuando un giro inesperado desbarataba todo los planes. También podía ser culpa mía, pero no. Claro que no lo era, por algo se me consideraba un profesional y por eso mismo habían contado conmigo para hacer ese trabajo. Si algo se torcía yo sabía la manera de arreglarlo, pasara lo que pasara, yo cumplía con el trabajo y eso es lo único que interesaba. Por eso era el mejor.

Y ese era el último nombre de la lista, pero necesitaba limpiarme. Así que me desnudé y doble con cuidado el traje, la camisa y los pantalones. Los dejé encima del lavabo, para que no se ensuciasen. Desnudo, me miré al espejo. Me pasé la mano por mi cabeza recién rapada y por la raja que ahora cubría mi mejilla izquierda. Mi reflejo me devolvió una mirada cansada. 

<<Estoy cansado>> Pensé << Pero este es mi último trabajo. Me he ganado una buena jubilación.>>

Con cuidado pasé por encima del cadáver que había en mitad del baño. La existencia de ese hombre pasó a ser un simple nombre tachado en el mismo momento en el que le asesté el golpe de gracia. No tenía que haber sido así, pero así fue. Se suponía que iba a ser algo limpio y sin complicaciones. El último nombre era un objetivo relativamente fácil, pero lo subestimé. Supongo que fueron las ansias por acabar el encargo. Y no había cabida a ningún tipo de emoción.

El agua de la ducha empezó a correr. Sentía cómo resbalaba por mi piel, purificando mi ser. Era lo único que necesitaba. Una vez atravesara la puerta de aquella casa, sería un hombre nuevo, y no podía acabar esta vida sucio. Dejé que el agua siguiera corriendo libremente un rato hasta que procedí a lavarme.

Me sequé y fui a la habitación. Abrí el macuto y me vestí con el traje de repuesto que siempre llevaba. Guardé el usado para tirarlo en cualquier sitio lejos de allí. Salí despacio, sin echar la vista atrás. 






— Está hecho. — Colgué el teléfono y lo tiré a la papelera del aeropuerto.

Subiendo al avión, sonreí por primera vez en quince años. Ahora era un hombre nuevo, un hombre que podía sonreír.

sábado, 4 de marzo de 2017

Ana.


A ti te gustaba ponernos a prueba,
a todos.
Con tus letras. O tu rap. O tu poesía. O tu literatura. O tu historia.
Como quisieras tú llamarlo,
porque no había palabras para describirlo.
Ponernos a prueba y hacer
que nos explotara la cabeza
porque tú
no eras apta para todos los públicos.

Y es que a ti,
te gustaba ponernos a prueba.
Sobre todo a ellos,
que no encontraban en ti
los cimientos sobre los que descansar
su ideal capitalista.
Y lloraban,
porque te necesitaban.
Hasta ellos te necesitaban.

Y es que a ti,
te gustaba ponernos a prueba.
Sobre todo a aquellos otros,
que por más que buscaban,
no encontraban.
Mientras tú, astuta (ya lo sabes),
los mencionabas (sin mencionarlos).
Esquivando sus dardos.

Y es que a ti,
te gustaba ponernos a prueba.
Sobre todo al pasado,
que miraba al frente y te veía
y se preguntaba
"¿qué tendré yo para que tú
(afortunadamente tú)
hables de mí?"

Pero no hay viajes en el tiempo
(mucho cambiarían las cosas)
y entonces, a ti,
que te gustaba ponernos a prueba,
te miraba el futuro.
Se lamentaba,
¡cómo se lamentaba!
de que ya no respiraras tinta,
no sangraras tinta,
no latieras tinta.

Porque es que a ti,
te gustaba ponernos a prueba.
Sobre todo a nosotras,
abriéndonos los ojos,
las manos,
los oídos,
las cabezas,
las piernas,
y la funda de la cattana.
Haciéndonos Lisístrata, Campoamor,
sí.
Pero también gatas,
muy, muy gatas.

Es por eso que sé que a ti,
te gustaba ponernos a prueba.
Sobre todo a ti misma.
Inconformista.
Guerrera.
Luchadora.
Eterna.
Ni tú podrías describirte,
no lo haré yo.

Pero Ana,
a ti te gustaba ponernos a prueba.
Sobre todo a mí,
diciéndome que me olvidara
de las zonas de confort.
Que para ti había sido un placer
ser la boca,
la lengua,
la labia,
de mi propio cerebro.
Que ya estaba bien
de quedarme de brazos cruzados
porque sabía de sobra
que tú ya exportarías ideas
que ni yo sabía que tenía.

Y es por eso que te fuiste.
Te marchaste porque,
brillabas por tantas,
que la luz se fundió antes de lo previsto.

Y es que a ti,
lo que te gustaba era ponernos a prueba.

El poema pertenece a Maria Jesus Dominguez, pero el dolor vive en todos nosotros.

lunes, 27 de febrero de 2017

Reto Febrero


3 - Imagina que eres un superhéroe con una gran fobia a la oscuridad, escibre un relato de superación


Cuando recobré la consciencia se apoderó de mi un pánico terrible. Todo estaba oscuro, solo me rodeaba la penumbra, pero no era superficial, nacía en los confines de la tierra. Se podía percibir, incluso palpar. Notabas cómo se abría paso a través de cada célula viva. Iba consumiéndolo todo hasta reducirlo a la nada y yo estaba en medio de aquello. Me repetía una y otra vez que solo era ausencia de luz, que no había peligro, pero aun así la notaba respirar, cada latido retumbaba en mi cabeza, susurraba en mis oídos, era una sensación terrorífica que se clavaba en mi costado como una daga de hoja hirviendo.

Estar allí era como encontrarse en un pasillo oscuro, sin atisbo de luz, en el cual no podías volver sobres tus pasos. Daba igual el movimiento que hiciera, daba igual lo que intentara porque parecía no avanzar. Me sentía minúsculo al no poder ver más allá de lo que aquella capa de miedo me permitía, y eso era un martilleo constante en mi cerebro, un sudor frío que resbalaba por mi espalda a cuenta gotas. No ver nada, no discernir la realidad. Preso en tu propio cuerpo, en tu propia mente, sin saber qué roza tu piel, qué puede tocar tu cuerpo, qué se acerca lentamente...

Estar en esa situación me recordaba a mi infancia. Crecí con miedo a estar encerrado y puede que eso se debiera a mi familia adoptiva, que decidieron que si me portaba mal o preguntaba demasiado me encerrarían en una habitación oscura y me torturarían psicológicamente. Pensaban que yo era raro, o estúpido, por decirlo de alguna forma, y eso se debía al tipo de preguntas que hacía o a la forma en la que me comportaba. Lo que nunca comprendieron es que lo hacía porque estaba empezando a descubrir mi poder: puedo hacer desaparecer todo tipo de cosas. Recuerdo que una vez hice desaparecer el tractor de mi padre adoptivo durante un mes y se cabreó muchísimo. O cuando hice desaparecer a su hijo biológico, sin querer, de verdad. Habíamos discutido y empezó a perseguirme con un hacha pequeña. Justo antes de que me alcanzara hice desaparecer el arma. Se quedó mirándome con miedo y antes de que pudiera salir a correr, o delatar mi poder, le hice desaparecer a él. Estuvieron meses y meses buscándole, y los castigos cada vez eran peores. Cuando apareció estaba pálido y en sus ojos se podía ver reflejado un pánico atroz. Cada vez que me veía agachaba la cabeza, hasta que empezó a recobrar el habla y gritaba cada vez que me acercaba. Yo intentaba pedirle perdón y hacerle ver que no lo hice a propósito. Cuando papá empezó a darse cuenta de que yo tenía que ver con la desaparición y el estado de shock de su hijo biológico, tuve que huir. Se habría enfadado tanto que su siguiente castigo hubiera sido tan duro que hubiera acabado matándome. Así que me fui sin decir nada.

Los siguientes años los pasé solo en la calle, aprendiendo sobre mi poder y cómo usarlo. Y lo conseguí. De hecho lo uso a la perfección, pero nunca había logrado saber a donde se dirigían las cosas que hacía desaparecer. Hasta hoy, evidentemente. No sé por qué se me ocurrió la idea de desaparecer yo mismo. Pensé que controlando tan bien mis poderes podía hacerme desaparecer y aparecer sin problemas, pero no caí en la cuenta de que quizás donde se dirigía todo era la oscuridad infinita. Pero allí en ese Limbo comprendí una cosa. Me hice aparecer.

De pronto estaba de nuevo en la soledad de mi habitación, con todas las luces encendidas. No me sentía extraño, me sentía imparable. Me hice desaparecer y aparecer varias veces para comprenderlo mejor. Antes de hacerme desaparecer una vez más pensé un lugar del mundo, un bosque, me imaginé a mí mismo allí. Al entrar al Limbo mantuve esa imagen en la cabeza, comprendía cada célula de mi cuerpo y me vi materializado en aquel bosque. Y al materializarme de nuevo, allí estaba. Casi no daba crédito a lo que veían mis ojos, no solo había comprendido mi poder sino que lo había mejorado. Ahora podía ir a cualquier sitio y podía ayudar a más gente. Porque también usaba mi poder para cosas buenas, las personas me tenían por una especie de superhéroe. Pero lo más importante fue perder mi miedo a la oscuridad.

Cuando estaba en el Limbo, la oscuridad me habló y yo escuché. No debía temer a la oscuridad porque yo formaba parte de ella.

jueves, 23 de febrero de 2017

Pecado.


Y la lluvia se hizo lluvia,
y la piedra se hizo piedra,
y la muerte vida.

El pecado se hizo más pecado
que nunca, que siempre.

Y el dolor se encarnó condena,
y el mar salado,
y el viento inerte.

Y mi pecado se hizo pecado,
al conocerte.